El monólogo suele ser de una sinceridad terminante. No hay interlocutor con quien medirse. El diálogo suele ser de una cómplice sinceridad: en el mejor de los casos es tu palabra junto a la mia. Pero más allá del diálogo aparece ya el espectador y el testigo. La sinceridad se ha hecho imposible. Más allá del diálogo empieza la representación. Rafael Argullol

miércoles, 20 de enero de 2010

Otoño

Tenía ganas de llorar pero algo se lo impedía, el silencio y la soledad lo asustaban, la gente que veía era extraña y desconocida, quería llegar a su casa a encerrarse. No tenía ganas de leer ni de escribir, sólo buscaba la compañia de su espacio lleno de bolsas y cajas sin desempacar, que le daban una apariencia de abandono y de desolación, igual a como estaba él.
Ya no existía una ella, tan solo de vez en cuando el celular sonaba con llamadas de cortesía, de alguien con la que mantuvo alguna relación, pero las llamadas casi siempre sonaban hipócritas y contestaba con desgano, ese detalle lo comenzaba a cansar.
No tenía alcohol, tan solo algunos cigarrillos que comenzaban a escasear, pero que con su halo de humo le cambíaban el panorama y hacían sentír acompañado.
Pensó en prender una pata de un bareta que algún amigo había dejado en la biblioteca, pero se contuvo, pues no quería quedar, como un ente, anonadado en sus cavilaciones. Siguió mirando al techo y pensando en la mierda de vida que llevaba. Se preguntaba en que punto del camino se desvió su destino y lo mandó a vivir los sinsabores de los desequilibrios y las inestabilidades.
Ya se estaba volviendo viejo y no deseaba recomenzar.
Pensaba que ya era tarde, que sus oportunidades las había perdido desde hacía mucho tiempo y sólo esperaba algún señal, ¿para qué?, no lo sabía, pensaba que algo llegaría y cambiaría diametralmente su vida, pero mientras eso ocurría se desgastaba, sufría y comía mal.
Recordaba la cantidad de gente que en su proceso había padecido cosas similares, pero no estaba dispuesto a seguir esos malos ejemplos, para ser un famoso post-mortem, quería las cosas en vida, ahora y sin reservas, no estaba para esperar el más allá.
El más acá lo agobiaba, lo tenía al límite, se agotaban las reservas bancarias, la nevera alumbraba la cocina, la ropa se apilaba en un rico esperando ser llevada, con un jabón a la lavadora, pero por lo pronto debía esperar, si no había para comida mucho menos para lavar.
Un libro que toma en las manos termina estrellado contra una pared, la razones nunca se sabran. Se para y camina de un lugar a otro, como hacen los felinos en los parques zoológicos, va hasta la cocina y comienza a mirar las botellas vacías y las casi vacías de licores y por fin encuentra un fondo de aguardiente, lo bebe de un solo trago, lo saborea porque es el único y regresa para tirarse en la cama.
Tiene ganas de salir, pero la inseguridad de la ciudad, tan educada, no se lo permite.
Toma un lápiz y garabatea algunas palabras que dicen así: "Hoy tomé el tren despues de tu partida", se ríe de lo estúpido de la frase, pues sabe que no existe en la ciudad algo que se le llame tren, solamente un tren metropolitano y se burla de sí mismo. Piensa que él debería sentirse orgulloso, pues su pena no es por una ella, mujer; es por otra ella, la vida que ha tenido que vivir y está padeciendo, pero eso tampoco lo reconforta de ninguna manera y se siente peor. Es un fracaso, por no decir que es un fracasado, y recuerda cada una de las empresas que ha emprendido y cómo de todas ha salido por la puerta de atrás.
Ya no quiere nada, piensa sentarse a esperar que la parca con su guadaña llegue, por eso fuma y prende un cigarrillo tras otro.
Sentado en el suelo con la mirada perdida y con unos rios de sangre coangulados que manaron de sus muñecas cortadas, fue encontrado a los tres días, cuando parece que a alguien que lo llamaba, sí le importó, pero nunca se supo a quién.

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